Historias para Reflexionar – La rana que se acostumbra

Me contó un amigo mío que se dedica a investigar una cosa que me pareció muy curiosa y que me recordó que a veces tenemos mucho en común con todos los animales, incluso con los batracios.

Tomemos como referencia un simple experimento para el cual necesitamos una rana y un caldero con agua tibia que se pueda ir progresivamente calentando:

- Si metemos una rana en un caldero con agua a 50-60 grados de temperatura, la rana inmediatamente dará un salto y saldrá del agua viendo clara la hostilidad del entorno y se protegerá.

- Si metemos la misma rana en un caldero con agua entre 20-25 grados de temperatura, la rana se quedará en su interior. Si vamos subiendo la temperatura poco a poco, la rana seguirá en su interior cuando el agua alcance los 50, los 60 y los 70 grados; incluso cuando el agua entre en ebullición la rana seguirá en su interior y morirá.

En muchas ocasiones de la vida somos conscientes de las situaciones que nos incomodan y nos son peligrosas, pero llegar a ellas de forma lenta y constante nos puede confundir y hacer que nuestros límites se difuminen, dando lugar a consecuencias funestas.

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4 Responses to “Historias para Reflexionar – La rana que se acostumbra”

  1. Creo que das en el clavo. La palabra es “consciencia”.

    Las decisiones son discretas (binarias, podríamos decir), o las tomamos o no las domamos. En cambio, nuestro mundo cambia de forma continua y en múltiples variables y dimensiones.

    Si queremos tomar decisiones oportunas (o sea, como dicen los juristas, “en tiempo y forma”) necesitamos conocer el estado de la cuestión en todo momento. Y monitorizar un sistema continuamente es muy ineficiente, si no se trata de un sistema crítico. Piensa, por ejemplo, en unas constantes vitales: el coste es tener al pobre paciente postrado en una cama, en una atmósfera controlada. O sea, que sólo podemos conocer lo que pasa a nuestro alrededor con una cierta periodicidad.

    Pero ni aunque fuéramos 100% conscientes de qué es lo que está pasando tomaríamos decisiones de forma correcta. Qué nos faltaría? Pues conocer nuestro “umbral”, nuestro “límite”, ese punto pasado el cual es necesario tomar una decisión. Y, hay que reconocerlo, es algo complicado. No he conocido a muchas personas que conozcan de antemano sus umbrales de tolerancia, sus límites ante cada variable ambiental. Especialmente porque esos límites no existen de forma aislada, sino que están relacionados entre sí. Por ejemplo, nuestra tolerancia al mal olor depende de si estamos comiendo o no.

    Cuando de entrada no conocemos nuestros límites tenemos que aprender de la experiencia. Pero el ser humano es muy caprichoso recordando y aprendiendo: recordamos más vivamente lo positivo. Y si sólo tenemos en cuenta esos recuerdos positivos nuestra toma de decisiones estará sesgada (eso sí, de forma muy positiva) hacia la inercia. Vamos, que, probablemente, lo último que le pasó por la cabeza al batracio antes de convertirse en suculentas raciones de ancas de rana fuera “Mira, un jacuzzi!”.

    Así que, resumiendo, la toma de decisiones es cuestión de ser conscientes: conscientes de qué es lo que nos rodea y conscientes de cuáles son nuestros límites.